Interesante, aunque para algunos peligroso, camino en el que se está embarcando la Unión Europea para controlar el flujo de inmigrantes y mantener lo que ellos denominan como identidad nacional.
Francia, Italia, Alemania y Gran Bretaña tomaron medidas para, en medio de la integración comunitaria, asegurar el mantenimiento de culturas y lenguas que permitan a los inmigrantes integrarse mejor a la sociedad y a los nacionales reafirmar las identidades propias que los han personificado durante siglos.
En primera instancia no hay nada de malo. Incluso, podemos ir un poco más allá y afirmar que procesos como estos son necesarios, a pesar de la globalización, para abrir canales efectivos de comunicación que garanticen una mejor integración. Son detalles, además, de buena educación y adaptación al mundo contemporáneo el dominar las lenguas de los países a donde vas y al menos conocer un poco de la historia de esos estados. Por lo menos a los norteamericanos no les caería nada mal, como para aquello de que sepan cómo comportarse con los Latinoamérica y así quitarle aun mas fuerza, si es que teóricamente tienen alguna, a los discursos populistas tan comunes en la izquierda y derecha de nuestro continente.
El verdadero problema de este tipo de iniciativas es que, conociendo las mentalidades de alguno, sino recordar los incidentes de hace algunos años a las afueras de París, pueden derivar en comportamientos racistas, desconociendo los años luz que ha recorrido la Unión Europea en su proceso de construcción.
Vivimos, no en tiempos globalizados, sino en tiempos transnacionales, en donde las fronteras tienen que, antes de reforzarse, irse diluyendo permitiendo la movilización de las personas y las culturas, dándole más protagonismo al individuo dentro del desarrollo del sistema internacional. No cerremos fronteras, adaptémonos. Aprendamos idiomas, culturas, historias. Seamos ciudadanos del mundo y no aldeanos de señores feudales.
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