Ha pasado un año y los desafíos a los que se ha visto sometido el presidente estadounidense Barack Obama han puesto a prueba su visión de un nuevo orden mundial basado en la reestructuración de las funciones de las potencias y las nuevas aproximaciones a los grandes problemas de la actualidad. El resultado, dividido, pero para los que estamos montados en el bus de la “obamamanía” estamos confiados con los que se viene a futuro.
Para arrancar, el presidente Obama debe afrontar la finalización de dos operaciones militares importantes. Aunque ha atrasado los plazos propuestos en la campaña para salir de Irak, el plan para sacar a sus tropas de allá se mantiene y los resultados en la lucha contra el terrorismo y el autoritarismo en Afganistán han tenido triunfos, como la reciente muerte del segundo al mando de los talibanes, y fracasos, sobretodo por culpa de temas relacionados con la corrupción gubernamental afgana.
El protagonismo norteamericano en la Conferencia de Copenhague quedó en deuda al los acuerdos no satisfacer las necesidades que existen para iniciar a solucionar el problema del medio ambiente.
Innumerables críticas despertó el Premio Nobel de paz que se le entregó a Barack Obama, al ser el presidente de un país con dos operaciones militares del tamaño de las ya mencionadas. Pero en el fondo, este reconocimiento premia la idea de cambiar las cosas, de cambiar un orden guerrerista y ultra realista impuesto por la administración de George W. Bush. Y en cuanto a eso, bien merecido está.
Y ahora, se viene una prueba de fuego cuando Irán no deja de lanzar serias amenazas de perfeccionar su programa de enriquecimiento de uranio con la idea de convertirse en un país nuclear, desafiando incluso ese nuevo orden mundial que propone Obama, incluso con un nuevo tratado de desarme nuclear con los rusos, que actualice aquellos firmados durante la década de los ochenta.
Se vienen meses muy interesantes, que pondrán a prueba si el aire fresco que trajo a las relaciones internacionales este Presidente es una verdadera fuerza para un cambio real y posible en el orden mundial.
Un espacio para conversar sobre lo que nos deja la relación íntimamente construida entre la comunicación y las relaciones internacionales
jueves, 18 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
Nacionalizar o culturizarnos
Interesante, aunque para algunos peligroso, camino en el que se está embarcando la Unión Europea para controlar el flujo de inmigrantes y mantener lo que ellos denominan como identidad nacional.
Francia, Italia, Alemania y Gran Bretaña tomaron medidas para, en medio de la integración comunitaria, asegurar el mantenimiento de culturas y lenguas que permitan a los inmigrantes integrarse mejor a la sociedad y a los nacionales reafirmar las identidades propias que los han personificado durante siglos.
En primera instancia no hay nada de malo. Incluso, podemos ir un poco más allá y afirmar que procesos como estos son necesarios, a pesar de la globalización, para abrir canales efectivos de comunicación que garanticen una mejor integración. Son detalles, además, de buena educación y adaptación al mundo contemporáneo el dominar las lenguas de los países a donde vas y al menos conocer un poco de la historia de esos estados. Por lo menos a los norteamericanos no les caería nada mal, como para aquello de que sepan cómo comportarse con los Latinoamérica y así quitarle aun mas fuerza, si es que teóricamente tienen alguna, a los discursos populistas tan comunes en la izquierda y derecha de nuestro continente.
El verdadero problema de este tipo de iniciativas es que, conociendo las mentalidades de alguno, sino recordar los incidentes de hace algunos años a las afueras de París, pueden derivar en comportamientos racistas, desconociendo los años luz que ha recorrido la Unión Europea en su proceso de construcción.
Vivimos, no en tiempos globalizados, sino en tiempos transnacionales, en donde las fronteras tienen que, antes de reforzarse, irse diluyendo permitiendo la movilización de las personas y las culturas, dándole más protagonismo al individuo dentro del desarrollo del sistema internacional. No cerremos fronteras, adaptémonos. Aprendamos idiomas, culturas, historias. Seamos ciudadanos del mundo y no aldeanos de señores feudales.
Francia, Italia, Alemania y Gran Bretaña tomaron medidas para, en medio de la integración comunitaria, asegurar el mantenimiento de culturas y lenguas que permitan a los inmigrantes integrarse mejor a la sociedad y a los nacionales reafirmar las identidades propias que los han personificado durante siglos.
En primera instancia no hay nada de malo. Incluso, podemos ir un poco más allá y afirmar que procesos como estos son necesarios, a pesar de la globalización, para abrir canales efectivos de comunicación que garanticen una mejor integración. Son detalles, además, de buena educación y adaptación al mundo contemporáneo el dominar las lenguas de los países a donde vas y al menos conocer un poco de la historia de esos estados. Por lo menos a los norteamericanos no les caería nada mal, como para aquello de que sepan cómo comportarse con los Latinoamérica y así quitarle aun mas fuerza, si es que teóricamente tienen alguna, a los discursos populistas tan comunes en la izquierda y derecha de nuestro continente.
El verdadero problema de este tipo de iniciativas es que, conociendo las mentalidades de alguno, sino recordar los incidentes de hace algunos años a las afueras de París, pueden derivar en comportamientos racistas, desconociendo los años luz que ha recorrido la Unión Europea en su proceso de construcción.
Vivimos, no en tiempos globalizados, sino en tiempos transnacionales, en donde las fronteras tienen que, antes de reforzarse, irse diluyendo permitiendo la movilización de las personas y las culturas, dándole más protagonismo al individuo dentro del desarrollo del sistema internacional. No cerremos fronteras, adaptémonos. Aprendamos idiomas, culturas, historias. Seamos ciudadanos del mundo y no aldeanos de señores feudales.
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