Este es uno de esos momentos en los que antes de sentarse a escribir sobre la situación de las relaciones internacionales en general - sin dejar de pensar que con lo que hacemos en Colombia ya tendríamos suficiente trabajo - uno no puede saber por donde ir, qué tema es más importante o cuál está peor manejado, que lastimosamente es una maravillosa constante de los gobiernos y por lo tanto de los medios reproductores. Ante esto vamos a hacerlo en partes, esperando la licencia del lector.
Vamos a arrancar con el manejo de las relaciones exteriores de Colombia en cuanto al manejo de las crisis diplomáticas con nuestros vecinos Venezuela y Ecuador. Con unos estamos de amores y odios constantes desde hace 20 meses y con los otros no tenemos relaciones desde la abusiva invasión en la operación que dio de baja a Raúl Reyes.
Las acciones que salen del palacio de San Carlos en Bogotá, sede de la Cancillería, aunque para ser franco parecen salidas del caos reinante en una película de Buñuel, demuestran la poca planeación y la falta de preparación de las personas encargadas de manejar las políticas exteriores del país. Nos estamos acostumbrando a hacer diplomacia de micrófono; y los indicadores de gestión se evalúan están directamente relacionados con el volumen de los aparatos – entiéndase la relación del Gobierno con los medios de comunicación favorables a su discurso.
Hace poco más de un año, marzo de 2008, basados en una doctrina de tintes medievales como la de la ‘defensa preventiva’, fuimos en contra de sesenta años de construcción de estructuras internacionales para garantizar la seguridad colectiva e invadimos un país vecino. Las razones, que iban desde la complicidad del gobierno ecuatoriano con las FARC hasta la posibilidad de combatir a los terroristas en donde éstos estén por una interpretación amañada de las resoluciones de Naciones Unidas -otra gran discusión sobre lo que es o no terrorismo- nos devolvieron siglos en el avance de la sociedad internacional a épocas de expansión territorial de los imperios europeos. Razones tan débiles como las que se usaron solo podían justificar su verdadero origen, los ranchos vaqueros de Texas.
Y por si esto no hubiera sido poco, armados de la pedancia que nos daba el ser el ‘mejor amigo’ del más grande de la clase, durante un año nos hemos dedicado a sacar información, alguna de ellas sacadas directamente del archivo personal de Charles Foster Kane, para desacreditar a nuestros vecinos y tapar nuestras ilegales actuaciones con cortinas de humo, en la mayoría de veces bastante insultantes a la inteligencia. Las relaciones internacionales, en el entorno en el que nos movemos, no las podemos hacer sobre la justificación de la ilegalidad por la sencilla razón de que así lo queremos o pensamos.
Ojo, digo esto a conciencia de que no estamos rodeados de ovejas o monjas de la caridad y que seguramente los vínculos con organizaciones delincuenciales que se han denunciado son reales - nótese que no uso el término narcoterrorista, algo bastante complicado de justificar en nuestra sociedad (aunque esa pregunta no se la hagan en los medios de comunicación con acceso directo a Palacio).
Vamos un año del ataque al campamento de Raúl Reyes y no se ha encontrado una posición, sensata, que apoye la incursión militar, a no ser que se busque en la bandeja de entrada del correo del ex presidente George W. Bush. La OEA y el Grupo de Río lo condenaron y Colombia aun no ha reconocido sus errores ni pagado a los afectados, los ecuatorianos.
Si sabían o no, si estaban protegiendo el campamento o recibiendo dineros para campañas políticas, en fin todas las razones que buscan justificar la acción, algo en lo que los medios de comunicación han vuelto a fallar en su función crítica, son totalmente inaceptables. La Sociedad Internacional ha avanzado en la construcción de mecanismos para garantizar la paz y la seguridad, si funcionan o no es otra discusión para darla en los foros específicos, y Colombia no puede escudarse en nuestro complicado conflicto para convertirse en un pistolero a mejor imagen del antiguo oeste americano, sí, aquel que empezaba en Texas.
Basta ya de diplomacia de micrófono e incriminaciones faltas de profundidad. Es cierto que el país no puede seguir perdiendo su dignidad y quedar a merced de los delincuentes. Pero tampoco podemos darnos el lujo de manejar nuestras relaciones internacionales como pistoleros. Más reflexión, más acción y que por favor en Palacio se definan y unifiquen una sola voz en temas internacionales. A los Santos no los molesten y déjenlos estar tranquilos en cine.
Nos queda Venezuela, pero eso es tema de otro pueblo en este regreso al salvaje oeste…
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