Lo que comenzó como un éxito militar indiscutible para Colombia se fue convirtiendo en una pesadilla diplomática guiada desde Caracas, escoltada en Quito y respondida con una mezcla extraña entre torpeza y prudencia por la Casa de Nariño.
Todo comenzó cuando los noticieros de televisión y radio, los principales diarios y portales de Internet, se despertaron el sábado con la rueda de prensa del Ministro de Defensa colombiano, Juan Manuel Santos, informando sobre la operación militar colombiana en territorio ecuatoriano en la que se dio de baja al segundo hombre al mando de las FARC, Raúl Reyes. Este ha sido, de lejos, el principal triunfo militar de la famosa política de seguridad democrática.
Ha sido una montaña rusa de declaraciones públicas y documentos secretos sacados a la luz, casi sin reflexión, que ha llevado a que se prendan las alarmas no sólo en Suramérica, sino en la Unión Europea y Washington, aunque estos últimos estuvieran más pendientes de la carrera a la presidencia entre Obama, Clinton y Mccain.
Hemos sido testigos de un sorpresivo y vertiginoso avance de un conflicto político sin precedentes en la historia contemporánea colombiana y los medios se han hecho presentes, en su gran mayoría, con un cubrimiento permanente, apresurado e irresponsable, muchas veces sin saber cómo usar la información que han generado los protagonistas principales.
Se volvió a evidenciar la poca preparación de los periodistas para el cubrimiento de los momentos de crisis, cambiando las típicas preguntas de “¿Cómo se siente ahí tirado en la camilla?” por una nueva “¿Cuándo cree que arranque la guerra entre estos países?”. El síndrome de la chiva apareció, haciendo a los medios pelearse por un lugar preponderante en las declaraciones de los diferentes personajes de esta historia, que al final son pasadas sin explicación, contexto e interpretación.
Se ha creado un alud de información que ha impedido solucionar el diferendo por vías diplomáticas y ha aumentado la ya muy preocupante polarización política regional, exaltando los ánimos populares, impulsando un falso nacionalismo e impidiendo la formulación de las soluciones estructurales a los problemas de fondo.
Además, aunque no es una sorpresa, está el ya tradicional desconocimiento de los elementos de carácter histórico y el funcionamiento de las diferentes organizaciones que conforman la sociedad internacional. Afortunadamente están los famosos especialistas, que hablan de Dios y del diablo, para dar un poco de contexto a la información y los periodistas de oficio que dentro de sus limitaciones han intentado hacer un trabajo decente en el manejo de la información.
¿Hay algo positivo en todo esto? Sin lugar a dudas, sí. En este afán de protagonismo diplomático de cada uno de los estados la información ha estado disponible para todo el mundo y los medios digitales se han convertido en fuentes de permanente consulta y participación de todo el público. Aunque, para ser francos, los más grandes medios han fallado, sobretodo en el manejo de nuevas alternativas gráficas de información y en la construcción de especiales sobre la crisis.
En el momento en el que se escribió este artículo, Colombia, Ecuador, Venezuela y Nicaragua, en una demostración de audacia política, arreglaron, al menos en principio, todos sus problemas diplomáticos con un apretón de manos y unos abrazos carentes de contenido durante la reunión del Grupo de Rio en Santo Domingo, República Dominicana. Pero para el gran público las cosas de seguro no terminarán ahí. Éste seguirá sumido en una sobreabundancia de información, en donde la contextualización responsable ha sido la gran ausente, validando groseras violaciones a la soberanía territorial de países y aceptando, como normales y ciertas, ofensivas declaraciones sin fundamento legal y político.
La crisis pasó. Colombia no será sancionada por los errores que cometió y admitió al violar la soberanía ecuatoriana. Hugo Chávez seguirá usando su circo de cada fin de semana para defender lo indefendible y buscar salida en el exterior para su profunda crisis interna. Rafael Correa aprovechará su nueva figura, inteligentemente construida, de gran defensor de la diplomacia internacional para sacar réditos políticos en el continente; y los medios esperarán la próxima crisis para volver a repetir los eternos errores.